La reunión educativa más importante del año en suelo argentino. Así clasificaría a la III Conferencia Regional de Educación Superior para América Latina y el Caribe (CRES) que días pasados transcurrió justamente en la misma casa de estudios en donde, hace cien años, Deodoro Roca y otros idealistas y transformadores organizaban la reforma universitaria.

Personalmente tenía muchas expectativas en las conclusiones a las que se aborde en un encuentro de tamaña envergadura, dado que serán un insumo relevante que la región llevará a París en 2019, a la reunión mundial de educación superior de la Unesco. Leyendo el anticipo y una síntesis de lo que será el documento madre, mi desilusión no puede ser más grande. Una declaración nostálgica y corporativa, plagada de lugares comunes y omisiones groseras.

Por lo pronto, el documento de 1600 palabras parte de una premisa errónea: que vivimos en un mundo en crisis y que esta se siente especialmente en nuestra región. Los datos no acompañan semejante máxima. Nunca antes en la historia de la humanidad tuvimos niveles porcentuales más bajos de pobreza y analfabetismo, niveles tan elevados de escolaridad, nunca los derechos de la mujer estuvieron más reivindicados, nunca vivimos un momento democrático regional más extendido y fértil, y nunca vivimos niveles tan reducidos de muertes por enfrentamientos bélicos. ¡Nunca! Y cualquiera que pretenda afirmar lo contrario está mintiendo. Es cierto que aún hay pobreza, violencia, corrupción e insensibilidad a escala, y que los países deben seguir trabajando para eliminarlas. Es la tarea que nos convoca, la urgencia que nos duele. Pero no es un mundo en crisis. En los cobardes atentados de ISIS mueren 60 personas, en la Segunda Guerra Mundial murieron 60 millones. ¿Se entiende? Este grave error de diagnóstico habla más de nuestras frustraciones como colectivo social que de las oportunidades que el mundo ofrece. Sin dudas, un punto de apoyo débil y mal dibujando desde donde proponer cualquier reivindicación o reforma del sistema.

Luego, el documento hace alarde de un tipo de política que ya se sabe inconducente: la política del más es mejor. Se reclama más oferta, más regulación, más universalidad, más cobertura, todo bajo la presunción de que ello es positivo per se, y obviando que, de ser política y pedagógicamente conveniente, supone un costo adicional para el Estado, ese mismo Estado al que el documento le reclama un funcionamiento más eficaz en otras áreas. ¿Acaso las restricciones de gobiernos de la región para costear políticas educativas no nos volverán austeros y eficaces en algún momento? ¿Acaso la impericia para lograr convertir fondos públicos en graduados universitarios de calidad a escala no debería llamarnos a la reflexión, en vez de estar pidiendo a papá Estado que siga pagando la cuenta, mientras reclamamos seguir siendo independientes e intocables?

Me preocupó especialmente el párrafo dedicado a construir en las ofertas educativas extranjeras la imagen de un colono perverso y corrupto. “Las débiles regulaciones de la oferta extranjera han profundizado los procesos de transnacionalización y la visión mercantilizada de la educación superior, impidiendo, cuando no cercenando, en muchos casos, el efectivo derecho social a la educación”. Ojo con acordar internamente a contramano de la historia de un mundo que se abre, se hace accesible y sin intermediarios, en detrimento de las oportunidades de los que menos tienen. Es claro el reclamo, palpable la incomodidad frente a la idea de perder ingresantes, apoyo social y financiamiento estatal, e inaceptable el curso de acción propuesto: menos opciones, formatos y ofertas disponibles para quien desea aprender.

También encuentro peligroso el intento de agradar a los jóvenes, celebrando su épica y aplaudiendo sus luchas. “Expresamos nuestra solidaridad con las juventudes, de nuestra América y del mundo, cuyas vidas celebramos, y reconocemos, en sus luchas y anhelos, nuestras propias aspiraciones a favor de la transformación social, política y cultural”. Este giño forzado, tal vez fundado en el diagnóstico de que los jóvenes ven actualmente en la universidad a una institución anticuada, poco dinámica y mal enlazada con el mundo digital, adolece de espontaneidad; no logra crear el puente entre esos jóvenes que estudian y aprenden de mil maneras y estas instituciones autorreferenciales que se miran el ombligo.

El mandato histórico de las universidades en particular y de cualquier acuerdo institucional en general parte de un adecuado diagnóstico de época. Los revolucionarios de aquel 18 lo entendieron, los de este 18 no. Esta declaración anticipatoria podría haber sido redactada en 1950, nadie lo notaría. Sin embargo, el mundo es bien diferente a como lo era en 1950, radicalmente diferente, por internet, por la producción colaborativa, por los libros digitales y la lectura hipertextual, por la robótica que genera conciencia y la inteligencia artificial, por las redes sociales y la ubicuidad del acceso al conocimiento, por los repositorios digitales gratuitos de contenido de cualquier tipo, al alcance de un clic, porque la ciencia ha hablado de lo mal que estuvimos enseñando durante siglos. ¿Acaso esta época se parece en algo a las anteriores? ¿Acaso no hubiese sido atinado al menos presentarla de tal manera, aun a riesgo de no tener ideas originales para enfrentarla, aprovecharla, hacerla jugar a favor de aquellos problemas que todavía no logramos resolver? No hacerlo no habla de una omisión, sino de una deshonestidad que lastima.

Daniel Dennett, uno de los más importantes filósofos de la ciencia, con especial interés en las ciencias cognitivas, en algún momento indicó: “Tenemos muchas instituciones, costumbres, hábitos, tradiciones, que sobreviven a su utilidad. Pueden haber sido útiles en algún punto, y algunos ítems culturales están excelentemente diseñados para beneficiarse a sí mismos. Son parásitos culturales que viven de nosotros, no nos hacen ningún bien y solo son buenos para hacer más copias de sí mismos. Como las ratas y las cucarachas: son especies culturales ‘sinantrópicas’: evolucionan para vivir en compañía de los seres humanos, pero no están domesticadas”. Me pregunto si este anticipo de la declaración del CRES no es una huella digital de eso que Dennett llama un “parásito cultural”, una matriz que nos fagocita sin hacernos ningún bien, un club o corporación autorreferencial que vive confortablemente al calor del Estado, y que se resiste a ponerse al servicio de la época y de los ciudadanos del mundo.

Mientras quedo atento a la publicación del documento final, me invaden una desazón y una tristeza por la oportunidad desperdiciada, por una declaración tan nostálgica como disociada de su época, tan poco valiente como deshonesta. “En el centenario de la reforma, no somos ajenos al sufrimiento humano ni al mandato de la historia”. Me pregunto de qué mandato hablan, mientras dan la espalda a la época y miran más hacia el pasado que hacia el porvenir.

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